Desventuras citoplasmáticas en un mundo lleno de sinapsis

08 julio 2006

los amigos

Por el momento aún no voy a hablar de la amistad. Con el título de este post me refiero a un bar llamado así: Los Amigos, el cual tiene miga para contar. Pero la primera pregunta sería ¿qué bar Los Amigos?. Parecen una red de franquicias. ¿Quién no conoce varios bares con ese mismo nombre? Yo que no soy de conocer bares, conozco por lo menos, y sin pensar mucho, tres.

Quedé con Mátrix, un compañero de la universidad, y con Jovi, compañero de curro, para ir a la universidad a recoger apuntes de la reprográfia, aquellos que deberíamos haber comprado antes de los exámenes... pero de los de junio, claro. Cosas de estudiantes. Luego comeríamos algo antes de entrar a trabajar, pero para hacer tiempo Mátrix nos llevó a un bar sito en algún lugar entre García Noblejas y el cementerio de La Almudena llamado Los Amigos. La verdad que el barrio no se le veía de ser un lugar de marcha universitaria, pero el bar en sí... menos aún. Al entrar por la puerta me pareció que me encontraría con los abuelillos de Cruz y Raya. La razón de que Mátrix escogiera este peculiar lugar era porque ponían raciones por la face. Así que pedimos la correspondiente bebida: "dos Coca Colas y un Trina, por favor". El hombre del bar nos puso la correspondiente bebida y tras ello empezó a sacar la artillería pesada: ración de salchichas, de tortilla de pata, de calamares, de patas ali-oli, de patas bravas, de chorizo, de queso con jamón, de panceta, de lomo, de guiso de ternera... Nuestro ojos como platos, por lo menos los de Jovi y los míos que no conocíamos el lugar. Pero la cosa no quedaba ahí, ya que cuando dábamos fin a una de las raciones, era repuesta de inmediato por el jefe. Era increible que 6 euros (2 por refresco) dieran para tanto... Pero daba, daba... para toda esa cantidad de comida y más si me apuras, porque la calidad brillaba por su ausencia. Los calamares, en el momento que traspasaban la línea dental, dejaban de ser calamares para convertirse en una pasta cremosa con sabor indeterminado, al igual que las salchichas. Entre pincho y pincho descubrí toda una estrategia de imagen que ríanse los más expertos en marketing y merchandising. ¿Para qué seguir con los tradicionales servilleteros de toda la vida pudiendo optar al premio en I+D 2006? Unas cadenillas de cisterna colgaban desde el techo hasta un metro por encima de la barra, en su extremo la cadena se desdoblaba en dos para anillarse a los lados de una barrita de metal horizontal... y allí colocado un rollo de papel higiénico, de ese que sirve para limpiarse culo, para limpiarse los morros. Curioso. Pero si esto no es ya suficiente como que para que un inspector de sanidad logre un ascenso, que espere a ver como las palomas se cuelan en el bar a picotear los restos que caen al suelo y ver como cuando las espantan empiezan a revolotear por todo el bar y batiendo sus alas todas esas partículas con capacidad patógena que estaban por ahí quietas se esparcen por todos aquellos suculentos alimentos.

Al fin conseguimos salir de ellí, pero volví a toparme con algo que podría ser aún peor... Justamente frente a este bar llamdo Los Amigos se encontraba el bar Los Enemigos. Y me pregunto yo, como persona racional... ¿Si en este bar que se hace llamar amigo... que te puedes esperar en los enemigos...? Prefiero no saberlo.

Menos mal que en el trabajo me esparaba algo que me alegraría mucho, aunque es posible que en un futuro no muy lejano no me traiga tanta alegría. Entraron a trabajar dos muchachas nuevas, las dos muy majas: Ginebra y Campanilla. Pero Ginebra me atravesó mi maltrecho corazón con su mirada y su sonrisa, así de rápido. Mira que dicen que tiene un culito de escándalo, pero si digo la verdad ni me he fijado, su mirada me tiene ido. Eso sí, intentaré fijarme para comprobarlo, jeje. Bueno, sobre este tema seguro que tendré que contar más. Así que lo dejaré para otro momento.